Y en estas atmósferas de abandono de almohadas aún revueltas, y contemplando los paisajes que cada día se redibujan en mi parabrisas, encontré uno de esos pensamientos erráticos que luego me acompañan durante el resto de mis días, la certeza de que a lo largo de los siglos, los seres humanos revivimos las mismas experiencias, dolores, éxtasis, incertidumbres, temores... y que toda la fuente de reflexión pasada, presente y futura, está ahí, ya escrita, en las sabidurías clásicas, como cartografías eternas que reinventan y redescubren las costas de este naufragio que es la vida.
Y con esta cómoda reflexión me pregunté por qué los seres humanos seguíamos encallando trágicamente en cuantos escollos y rompientes nos encontramos si los mapas están ahí, a nuestra disposición... "La felicidad es la meta, la filosofía el camino" dice el autor.
Más tarde, sin embargo, me tropecé con otra señal en el sendero que matizaba la anterior y que en mi opinión la enriquecía: "la felicidad no es la meta, es el viaje", y es así como salí de aquel atolladero.
Y es así que he llegado hasta aquí... No hace mucho tiempo, tras una conversación de esas de frases más insinuadas que comprendidas, alguien me comentó: "quizás algún día te haga algunas preguntas...", a lo que yo respondí: -"quizás algún día te las conteste...o no". Y no era por fastidiar, ni hacerme la enigmática, simplemente trataba de explicar que hay respuestas, en especial las vitales, a las que uno debe llegar por sí mismo, que hay caminos que uno ha de transitar en solitario, aunque por fortuna sepamos dónde encontrar refugio, si nos perdemos; aunque sepamos dónde encontrar la clave que nos descifre el significado de dichas respuestas.

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