Una vez comparé la vida con un naufragio, al que llegamos fríos, húmedos y tan desorientados… pero es cierto que la vida por sus múltiples facetas, vericuetos giros dramáticos y maneras de transmutarse podría compararse con cualquier cosa. Con cualquier cosa…tampoco, pues si algo caracteriza a la vida es su creciente dinamismo.
Los primeros años la vida nos pasa un poco por accidente, con la intensidad del ahora que nace y muere en cada segundo. No hay más referentes que el aquí y el ahora y el hoy nos parece eterno. Eternos los juegos, eternas las clases, eternos los adultos, eterna la lluvia tras los cristales,viviendo en la seguridad de un mundo que se nos hace inmutable, pero que no carece de lo inesperado y de la pasión del que vive con un pasado reciente y un futuro balbuceante. ¿Por qué perderemos esa capacidad de emocionarnos y sorprendernos con cada sencillo descubrimiento? Una vez leí que los niños son el reflejo de la bondad olvidada de los adultos, sin embargo pienso que perdemos mucho más en el camino de los años y que uno de nuestros mayores enemigos, el que acecha a la sombra de cada recodo es el olvido.
Olvidamos la bondad, y olvidamos la alegría de abrazar cada momento como único, olvidamos la gratitud de cada día que nos amanece, olvidamos querernos para querer, olvidamos la sonrisa y la palabra sincera… y así olvidamos hasta olvidarnos de nosotros mismos y convertirnos en la triste mueca de lo que un día fuimos y de lo que quisimos ser.
Pretendo que la niña que fui no se avergüence de la adulta que soy. Y que en mi camino no pierda en olvidos, sino que gane en recuerdos llenando mi maleta vacía de experiencias que no pesan sino que aligeran mi paso.

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